¿Qué se necesita para ser figura del toreo?

Antonio Casanueva - 21/02/26

Sábado, 21 Feb 2026. -...Ojalá que Jairo López tenga hambre y temple interior...-

En el aula de prácticas de la Escuela de Tauromaquia de Madrid hay una sentencia que impresiona por su crudeza: -Llegar a ser figura del toreo es casi un milagro-. A la luz de la situación actual de la Fiesta en México, eso es lo que necesitamos: que surja una figura capaz de interesar incluso a los antitaurinos, de llenar las plazas como en su tiempo lo hicieron Gaona, Garza y Manolete o, más cerca de nosotros, Manolo y Eloy.

Pero ¿qué se requiere para llegar a ser figura del toreo? Esa pregunta me acompañaba mientras veía triunfar al novillero tapatío Jairo López en la plaza la -Luz- de León, Guanajuato el domingo pasado.

Quien alcanza esa categoría no es solo un torero superior: es un símbolo. Es alguien que encarna, ante una comunidad, una determinada idea de valor, de belleza y de dignidad.

Pertenece a lo que Max Weber llamó -autoridad carismática-. No es algo que provenga del reglamento, del escalafón ni del cargo, sino del reconocimiento. Para Weber, el carisma es una cualidad atribuida a una persona que despierta adhesión. Aplicado al ruedo: el público no obedece a la figura porque deba hacerlo, sino porque le concede autoridad simbólica. Le cree antes de que cite.

Además del carisma hay un elemento más difícil de definir: el misterio. Esa condición no se explica del todo. Conserva una zona de sombra que permite al público proyectar en ella sus propias expectativas. Cuando el torero se vuelve completamente predecible, deja de ser símbolo.

La personalidad no se aprende. La figura no es solo la que puede, sino la que impone presencia. Desde que pisa el albero algo se modifica en el ambiente: aún no ha dado un pase y ya hay expectación. Más que técnica, es carácter. Es una manera de caminar, de mirar al toro, de ajustar la montera, de citar. Nietzsche ayuda a entenderlo: el estilo es expresión de una fuerza interior. No se fabrica en academia ni se ensaya frente al espejo; se impone. El hombre superior –decía el filósofo alemán– no pide aprobación, crea su propia interpretación. La figura no mendiga aplausos: establece su propio canon.

Los gringos hablan de charm o sex appeal, pero en el toreo el carisma es otra cosa: una electricidad invisible que conecta con el tendido. No es belleza ni simpatía. Hay toreros correctos que ejecutan todo con precisión… y no pasa nada.

Y hay otros que, con un simple cite, levantan el murmullo. La figura seduce. No sólo al toro –eso sería técnica– sino al público. Lo conduce a su terreno emocional y lo convence de que está ante algo único. Por eso la personalidad antecede a la faena: hay toreros que necesitan cortar una oreja para existir; la figura existe antes de cortar nada.

Eso es lo que vemos en Jairo López. El carisma, en su caso, no es gesto fácil ni búsqueda de aprobación: es presencia con peso propio. Una forma de intensidad que se percibe antes del primer muletazo. No necesita exagerar ademanes ni buscar la complicidad del tendido; su autoridad nace de cómo se planta ante el toro. Pero esa presencia no flota en el aire: descansa sobre una técnica sólida –colocación precisa, manejo de distancias, lectura de terrenos y administración de tiempos– que le permite sostener la emoción sin perder el control. Porque el toreo, si aspira a la categoría de arte, no se conforma con el aplauso: exige conmover. Y cuando Jairo encuentra el ritmo y liga los muletazos, el público no sólo aplaude, guarda silencio. Contiene la respiración. Ahí es donde la personalidad se convierte en figura posible.

El novillero tapatío, además, torea como mexicano. Y eso, lejos de ser una etiqueta, es una declaración de identidad. A diferencia de otros que, tras su paso por España, diluyen su acento y regresan como versiones desdibujadas del toreo peninsular, Jairo volvió del CITAR con su sello intacto, como si asumiera la responsabilidad de prolongar la llamada -escuela mexicana-.

Es variado en quites. No como exhibición, sino como afirmación. En León ejecutó zapopinas ajustadas y estéticas, rematadas con un detalle personal que combinó clase y originalidad. En el segundo tercio se cuadró en la cara del novillo con exposición y firmeza, sin esos saltos innecesarios que hoy abundan. Banderillea en todos los terrenos, y domina tanto el cuarteo como el quiebro.

Pero donde se percibe con claridad su proyecto propio es con la muleta. Ahí aparece su narrativa, su identidad, su forma reconocible de estar en la plaza. Sus muletazos son largos, ligados y templados; van -de aquí hasta allá-, con sabor y cadencia. Hay ecos de Capetillo, del Ranchero Aguilar y de Martínez, no como imitación, sino como continuidad: temple mexicano, profundidad y largura.

No exageran en la Escuela de Tauromaquia de Madrid cuando advierten que llegar a ser figura es casi un milagro. Porque la figura no solo debe torear bien: tiene que resistir presión, crítica, rivalidades, la política empresarial, las lesiones y el desgaste del tiempo. Ahí se filtran muchos.

Ojalá que Jairo López tenga hambre y temple interior. Que no se conforme con una tarde buena ni se desmorone con una mala. Esperemos que empresarios y ganaderos sepan reconocer el momento y darle el espacio necesario. Las figuras no se fabrican, pero sí pueden frustrarse por falta de visión.

En la misma aula madrileña, en letras más pequeñas, continúa la sentencia: -pero el que llega, podrá el toro quitarle la vida, la gloria jamás-. El milagro es llegar. La gloria es sostenerse. Y cuando asoma una posibilidad, no conviene sofocarla antes de que madure.

 

Foto: Gitano  

 

 

Fotos Gitano

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